Diálogo con mi Otro

-- El Lenguaje es el camino y la Poesía el atajo.
-- ¿ Te parece que es así ?
-- Seguro. Pero, ¡atención! en el atajo nos encontramos con lo inesperado del sendero. Todo pedrusco tosco.
-- ¡Furtivo risco! Te agrego que el poema-travesía requiere de un esfuerzo descomunal para poder levantar el velo del horizonte.
-- Velo... velo... rugoso acre. Nos obliga a revisitar todo de nuevo. Engendrar cordeles.
-- ¡ Reeducarnos ?
-- Si. Se espera siempre que la poesía desenvuelva aquello diferente que no está a la vista de lo que seduce la acción de los hombres.
-- ¿ De qué materia está hecha la seducción de los hombres ?
-- Se hace muy difícil percibirla. Seguramente, en una anómala época de improbidades, lo único que pueda salvarnos es abrir caminos con la poesía.
-- ¿ Volveremos a la senda de Homero ?
-- ¿¡... !?
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POESÍA ESPECTRAL

Nos orienta, para la composición poética, a usar el más amplio espectro del discantar y la atrevida recién llegada voz del reflejo.
Más el formato, que la sumisa matriz.
Más el cómo de la armonía, que el qué de la melodía.
Más arquitectura vegetal, que materia rústica.
Ni gongorizar ni estar en la vena lugoneante del realismo residual
Hacia una quebradura doble de la palabra y la sintaxis en cautiverio.
La del sueño.
La de la dermis simbolizable.
La de los significantes indulgentes.
Algún día caerá la viruta impresionista de la forma,
y todo será refinado fundamento,
asunto,
luz.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Florida, o la fuerza de regalar oxígeno


Vicente López se dibuja como la descontaminación de la gran urbe de Buenos Aires.
Pero los más grandes valores, se profundizan y afirman en la paz del pequeño barrio de Florida, donde las antiguas casitas de tejas se envuelven en un ramaje de verdes de todos los matices. Sus calles son verdaderas galerías cubiertas de follaje a lo lejos, hasta donde no da la vista.  
Nadie sabe aún cuál es la entrada al barrio de Florida donde el oxigeno  sigue siendo emperador, pero, para su orientación, un arquitecto genial ha tenido la idea de instalar, con sólo maderas, dos preciosas estaciones de ferrocarril.
La ciudad sigue oculta para todos aquellos descreídos y burlones, pero para los otros que ofrecen su corazón y se animan a atravesar ese escondido laberinto de la tranquilidad, se muestra generosa. Entonces se puede descubrir una visión que no defraudará las ilusiones más románticas: pequeños castillos coloniales, con fosos y atalayas; algunas capillas con intensiones góticas; antiguas peluquerías en donde todavía se calientan las toallas para aflojar la barba de los clientes; ciertas calles donde aún los chicos arman competencias y las chicas dejan marcada en la calzada la rayuela de Cortázar.
Reflejo de aquella creciente curiosidad por Florida fue la visita de ese porteño rarísimo que un día vino a preguntar cuáles eran los mejores días para encontrarse con esos misterios que  le adelantábamos. Entonces le dije:
--  Vea, la única posibilidad es que usted se proponga recorrerla un domingo de sol por la mañana. Abandone la procacidad de las grandes avenidas. Comience desde A. del Valle y Maipú hacia el oeste, lejos del efectismo de Olivos. Allí va a encontrarse con cafesuchos que pueden ofrecerle la mayor variedad de jugo de frutas con chipá. El cantinero se va a sentar a su lado para “hacerle pata” y escuchar sus cuitas. La tertulia de hombres contando mentiras. Se va a cruzar con las bibliotecas mejor montadas. Donde hace años existía una librería o biblioteca, hoy hay tres.  Con plazas en donde la gramilla sigue saliendo entre las baldosas y con algún libro de poemas olvidado en el banco centenario. El único busto de García Lorca de todo el País, la casa museo de varios escultores y pintores. Las aglomeraciones de glicinas en la calle del pecado. Alguna  parejita de enamorados, con el prurito de ocultarle las nuevas y secretas formas del amor en Florida. Los domingos, los fogosos floridenses muestran deseos sin fin, su voluntad de apoderamiento del paisaje crece, para luego deshacerse como la espuma, como una  promesa de estudiantes. 
En la calle Haedo 1683 va a admirar la vetusta y gallarda casa de Vito Dumas, el navegante tan solitario, que fue olvidado por todas las autoridades. La casa de la esquina Liniers y del Valle donde tuvo lugar la famosa reunión en los años veinte con los más reconocidos escritores y artistas de aquella época. En donde Horacio Quiroga acosó a Alfonsina Storni para que lo acompañara al Chaco, mientras Quinquela Martín le decía a Alfonsina que no le haga caso a ese loco desenfrenado.
Lugar de artistas y escritores. Dormitorio de notables. Territorio de memoriosos.
Esto ya sería la Florida vieja y muy cerca del Teatro de Repertorio, se puede apreciar la casa del eterno vampiro Nathán Pinzón y detenerse a escuchar “Va pensiero…” desde alguna ventana: la obra más ambiciosa de Giuseppe Verdi, Nabucco.
Va a comenzar a comprender cuando sienta el aroma a café a la turca de “Las Cortaderas”. Y de paso, la caída de la banalidad en la plaza de los escultores frente a la estación J. B. Justo. Las esculturas se forman y se deshacen, conforme la gente las admire. Un adolescente que habla por celular como esperando una rumia o un fallo a sus inquietudes. El de la albañilería que pone ladrillo sobre ladrillo. No falta nada. La jovencita que implanta un brote de catalpa como rémora de su abuela quintera. Un campanudo zorzal y un enjuto danés ofrecen una disputa procaz.

María barre la vereda. La jubilada teje. El marido, sostiene una dilatada francachela con amigos.  
El sol parece resplandecer en el gran día. Es el momento del descubrimiento de Florida, la medida del hombre. En la esquina de Santa Rosa y O´Higgins nace la tan preciada soledad de un barrio, que como un pecador arrepentido, se deja  aprehender por el visitante. Algún desprevenido ciclista fracciona el panorama del gratificante retiro y se confunde en la lejanía. Mientras la última familia de sapitos furtivos resiste el lento avance del cemento que centrifuga el metacentro urbano. Claro, los teritos ya se retiraron.
Al doblar alguna esquina se encontrara con algún afilador soplando la escala elemental de su pegadiza zampoña sin siquiera intuir a Paganini. Tal vez no tenga ningún interés en afilar tijeras, sino difundir su censurado mensaje de no romper lanzas. Al llegar a la Quinta Trabucco es necesario abandonar todo preconcepto y no forzar la mirada. En un perchero del ingreso se puede colgar todo lo frívolo, toda la ubicuidad. En algunas de sus salas reina un silencio reparador, pero siempre rodeado de palabras que llegan desde un pasado hipnótico.  
Tal vez, lo maravilloso de los floridences que se vuelcan al sol,  se encuentre en lo intrascendente de sus caminatas domingueras. No hay nada de singular en gozar del propio barrio. Sólo verificar que los tilos, los naranjos y los jacintos sigan allí. Sin novedades. Sin nada para destacar. Todo ese conglomerado de mil puertas entornadas, con ritmo de pasos lentos y despreocupados, no se olvida que a pocas cuadras lo espera la ribera de aguas leoninas, después de la pasta del mediodía.         
Siente el artista su ciudad, su contorno, la historia de sus casas, sus chismes, los secretos que se inician, las leyendas que se van extinguiendo por el cansancio de sus fantasmas. Cuando se avanza por la calle Warnes hasta Melo aparece el sagrado silencio, pero acompañado por todos los silencios y por el canto de los pájaros. Ese aire llega con su risa de ángel nutricio y sobre los muros aparecen textos del Grupo Poético Floridense asentando sentencias como “Sin poesía no hay ciudad”. Brota la frase oportuna, la mitología freudiana, los colores rompientes de un graffiti populachero en los muros descascarados, los rasguidos de cuerdas trayendo la picardía de vaya a saber qué chacarera doble.  

A pesar de todos los tropiezos en el empedrado de siempre… Florida está pensando sin descanso en la poesía, en el éter, en la irrupción del árbol a flor de piel.