El Otro

Lacan dice que la constitución del cuerpo depende del Otro. Es a partir de la relación con el Otro primordial que se constituye el cuerpo del niño. El otro, al mismo tiempo que lo confronta con su imagen, le dice por ejemplo: "Tenés los ojos de tu padre".
Esos significantes pronunciados por los padres se ligan a su imagen y se incorporan a la identidad que el niño asume.
La identificación simbólica impide que el niño quede atrapado en el mundo imaginario.

Seguidores

¿Literatura autista-verbosa?


Jacques Lacan sorprende cuando indica que no es el mutismo lo que le parece lo más sorprendente entre los autistas, sino la verborrea. Ni siquiera se trata de una observación clínica, cuya pertinencia no se dudaría, sino de la orientación esencial para abordar la especificidad de un tipo clínico original. ¿Qué es la verborrea? Sino un uso de la lengua de donde la enunciación se ausentó. Ahora bien, la enunciación inscribe el goce vocal en el campo del lenguaje. La voz como objeto pulsional no es la sonoridad de la palabra [voz], sino la manifestación en el decir del ser del sujeto.Es una constante mayor del funcionamiento autístico el protegerse de toda emergencia angustiosa del objeto voz. De la suya propia, por la verborrea o el mutismo, de la del Otro, por el evitamiento de la interlocución. El autista es un sujeto que se caracteriza por no haber incorporado el objeto vocal que soporta la identificación primordial, resulta de eso una carencia de Sí, en su función representativa del sujeto. Cuando el goce del viviente no se cifra en el significante, la manifestación clínica más manifiesta, subrayada por todos los autistas de alto nivel, reside en una escisión dolorosa entre los afectos y el intelecto. Las otras características del cuadro clínico son algunas de las consecuencias.
La representación más difundida autista es efectivamente la de un ser mudo, de modo que Lacan sorprende, con ocasión de una de sus raras indicaciones concernientes a estos sujetos, calificándolos de "verbosos": "Qué le cueste entender [escuchar], dar su alcance a lo que dicen, no impide que sean personajes más bien verbosos”

psicologia

Diálogo con mi Otro

-- El Lenguaje es el camino y la Poesía el atajo.
-- ¿ Te parece que es así ?
-- Seguro. Pero, ¡atención! en el atajo nos encontramos con lo inesperado del sendero. Todo pedrusco tosco.
-- ¡Furtivo risco! Te agrego que el poema-travesía requiere de un esfuerzo descomunal para poder levantar el velo del horizonte.
-- Velo... velo... rugoso acre. Nos obliga a revisitar todo de nuevo. Engendrar cordeles.
-- ¡ Reeducarnos ?
-- Si. Se espera siempre que la poesía desenvuelva aquello diferente que no está a la vista de lo que seduce la acción de los hombres.
-- ¿ De qué materia está hecha la seducción de los hombres ?
-- Se hace muy difícil percibirla. Seguramente, en una anómala época de improbidades, lo único que pueda salvarnos es abrir caminos con la poesía.
-- ¿ Volveremos a la senda de Homero ?
-- ¿¡... !?
.
.
.

POESÍA ESPECTRAL

Nos orienta, para la composición poética, a usar el más amplio espectro del discantar y la atrevida recién llegada voz del reflejo.
Más el formato, que la sumisa matriz.
Más el cómo de la armonía, que el qué de la melodía.
Más arquitectura vegetal, que materia rústica.
Ni gongorizar ni estar en la vena lugoneante del realismo residual
Hacia una quebradura doble de la palabra y la sintaxis en cautiverio.
La del sueño.
La de la dermis simbolizable.
La de los significantes indulgentes.
Algún día caerá la viruta impresionista de la forma,
y todo será refinado fundamento,
asunto,
luz.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Siempre vuelvo

Siempre vuelvo
a la duda irreprochable
de mis horas
a las pieles más sedientas
de mi anhelo
al domingo trastornado
de mis cosas
al gorrión más encumbrado
de mis lunes.
Siempre vuelvo
por la cuesta ascendiente
de mis peros
por la curva enredada
de mis tinos
por la senda humedecida
de mis síes.
Siempre vuelvo...
y cuando llego
es mi miedo
quien deshace las valijas
y el destino quien rearma
las alforjas.
Del nuevo trayecto
no se enteran
ni mis huesos.
               Siempre vuelvo.

Juan Disante -  2-7-2014

martes, 11 de septiembre de 2018

Portones




En el futuro tapiado ante mi
veo
montículos de selladas turbas
vetas tal vez duelistas
que nos atraviesan.
Embarazos sin éter
trapisondas áureas
atolladeros estancos
que vejan
que nos afrentan.
Y veo portones...
portonazos de Buenos Aires
de legendarios anales
de luchas ciudadanas.
Portones
que a la menor interpelación
de brazos enteros
mediacionamparosocorrojusta
a la suma concentración proletaria
sus cerraduras se derriten
sus vallas escapan
se abren de par en par
estallan.
Juan Disante - Cabildo - Junio/2017

sábado, 1 de septiembre de 2018

Dimensiones



Tal vez nunca me entere
que este poema escrito en el espacio bidimensional de Newton
(una coordenada espacial y otra temporal), 
no sea sino una ilusión
que quiere expresar un universo multidimensional einsteiniano.
Sí sé
que el extraño mundo de la relatividad
en la que me sostengo
y no conozco 
es la que domina.

En el núcleo del drama de no entender nuestra poética
late la resistencia del sentido común. 
Las contradicciones no afloran en un punto de vista exclusivo
sino sólo con la aparición del Otro.
Puedo leer dos distintos poemas escritos seguidos 
en posición frontal,
pero otro poeta,
relativista o no,
estará escuchándolos desde lo lateral con una perspectiva dispar,
divergente.

¿Paradojas entre lo astronómico y lo cuántico?
Si.

Carecemos de la inmediatez de analizar en cuatro dimensiones,
pero el poema saldrá al mundo en varias anchuras dimensionales,
requisito que lo sitúa fuera del ámbito de nuestra experiencia,
pero no de nuestros instintos y musicalidades.
Aunque las discrepancias no amenazan la estructura lógica,
muestran lecturas subjetivas de un trasfondo objetivo,
elocuente,
inacabado
de la creación cósmica.


Juan Disante - Buenos Aires - Noche de septiembre/1º


sábado, 28 de julio de 2018

tic-tac



Resultado de imagen para arena entre los dedos

desaprovechado
vano 
es cada minuto que pasa
sin tu contacto
tic tac
sin premisa
tic
sin creciente luna
arena que marca
tac
grano
a grano
tic
contra...
acto
tac 




miércoles, 4 de julio de 2018

Las músicas


Páginas errantes
traídas por la desacorde mufa
partituras ciegas
que mi piano no interpreta.


Pentagrama
ululación
que no dice nada de cierta substancia
destono inexistente en su destino
grita
vocerío.


Y en el cimiento
la voz desbrujada
de un retirado chelo que promete
un solo acorde
al final del vacío

viral.


Juan Di

miércoles, 9 de mayo de 2018

Desasosiego




Hay quebranto y culpas en las calles desoladas
cuerpos caídos de contramano 
en cada curva del orden vehicular
un cambio cortés fumigando luciérnagas
entre las risas de los niños que abandonan las plazas
ancianos reponiendo adioses al venidero territorio
y en el deambular del cartonero las mujeres se descalzan
los hombres afinan el decir y piden indulgencia
como un silencio dominando la gravedad gasógena
rápido como un electro rayo atraviesa un fantasma olvidado
los frutos malheridos por el mentir cabalgan sobre el despueble
vuelve el cruce del indigerible ceremonial del dividendo
el bajo fondo amonedado en imaginarios juramentos
la turbiedad de encuentros auto nombrados patria
el descampe reinando en las mañanas desesperantes
con el Fondo sucumbiendo en la esperanza y lo constituído
entonces se intuye el hundimiento hacia el vacío
mientras que raíces y adoquines sostienen la sangría del grito.

Juan Disante

sábado, 28 de abril de 2018

Osadía


el tibetano dijo
que iba 
en camino hacia
un aislamiento atrevido
de la ñoñera locuaz
iba
hacia un significante poético
que guardara lo despuntado
aquello expelido
              "sólo
              para empezar" 
Juan Di 


domingo, 8 de abril de 2018

Serio


" Siempre hay cosas que no encajan. Es algo evidente, si no partimos de la idea que inspira a toda la psicología clásica, académica, a saber, que los seres vivos son seres adaptados, como suele decirse, ya que viven, y que por ende todo debe encajar bien. Si piensan así no son psicoanalistas.
Ser psicoanalista es, sencillamente, abrir los ojos ante la evidencia de que nada es más disparatado que la realidad humana. Si creen tener un yo bien adaptado, razonable, que sabe navegar, reconocer lo que debe y lo que no debe hacer, tener en cuenta las realidades, sólo queda apartarlos de aquí. El psicoanálisis, coincidiendo al respecto con la experiencia común, muestra que no hay nada más necio que un destino humano, o sea, que siempre somos embaucados. Aún cuando tenemos éxito en algo que hacemos, precisamente no es eso lo que queríamos. No hay nada más desencantado que quien supuestamente alcanza su ensueño dorado, basta hablar tres minutos con él, francamente, como quizá sólo lo permite el artificio del diván psicoanalítico, para saber que, a fin de cuentas, el sueño es precisamente la bagatela que le importa un bledo, y que además esta muy molesto por un montón de cosas. El análisis es darse cuenta de esto, y tenerlo en cuenta.
Si por una suerte extraña atravesamos la vida encontrándonos solamente con gente desdichada, no es accidental, no es porque pudiese ser de otro modo. Uno piensa que la gente feliz debe estar en algún lado. Pues bien, si no se quitan eso de la cabeza, es que no han entendido nada del psicoanálisis. Esto es lo que yo llamo tomar las cosas en serio. Cuando les dije que era preciso tomarse las cosas en serio, era precisamente para que se tomaran en serio el hecho de que nunca las toman en serio.”
*Jacques Lacan

La lluvia llegó tenaz
porfiada
perenne
anegando lo consciente
de mí
como hombre débil
disipó mi certidumbre
amortajando en líquido cristal
el total envolvente
y no puedo acallar mi gimoteo
( hay otros que ríen )
Juan Disante


martes, 23 de enero de 2018

Ausencias



Aquí
los requirentes pobre diablos
miran
en la noche que cayó
el resplandor cegante
de estrellas
que ya no existen más
                    creen en ellas.

Allí
la jerga del ciervo cómplice
en su tardío provincianismo
“la bolsa o la vida”
ríe y apremia
rastrea y no halla
                   hiato de un club de suicidas
                   avizorando lo que no está.

Allá
las catacumbas
de los primeros cristianos
la acumulación de esqueletos
desaparecidos
perturbando al imperio esclavista
obtuso
                    traumatismo redoblado.

Acá
límite de toda historia
entre la desmemoria
y la imposibilidad
de percibir inexistencias
concordancia del sujeto con el verbo
“lo más temido es lo más deseado”
                    y el estilete deseando penetrar
                    en nuestra noche y niebla.
Juan Disante - 21/1/18

lunes, 1 de enero de 2018

LA CASA AZUL (V)


en el camino de la seda está
la clave
de la supresión biológica
en la Casa azul
más antigua de lo que creímos
                   extinciones repentinas y violentas
                   de costumbres y ambiciones
                   de los habitantes
de los caminos que marcan
una selección natural
primitiva lentitud
proba templanza
de registros fósiles y montañas
                   y otra selección natural
                   en precipicios apurados
                   rumbo a desapariciones periódicas
la Casa en lo profundo
afronta movimientos convectivos
de placas tectónicas
mientras una amplia red de cables submarinos
furtivos
constituye otro sistema
nervioso inteligente desesperante
(éranse por siempre sendas)
                  la economía política es terrino céntrica
                  lucha ciega
                  ¿la avaricia corta a cuchillo el ecosistema?
aunque la Casa sea helio céntrica
buscando su destino en la constelación
de Hércules
ese oxígeno que envuelve y perdona
la sustentable síntesis del todo
                  el insostenible aumento de sus pobladores
                  las concentraciones dejan a oscuras las moradas
la sencillez de la casa mondo lironda
                  el engolamiento del otro desarrollo
y una tardía colisión de caminos
hacia el fósil  

Juan Disante   1-1-18

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Petición


Si unos pocos pidieron que el escarnio
volviera,
lentos serán
los paisajes del regreso.
Pero si otros
muchos otros
tantos que son
pidieran
por el desquebramiento de la piel,
por el complacimiento y la transigencia,
la inquina y el enredo,
la malmirada y el chamuyo,
la pillería y el rearmado;
y triunfaran,
triunfando o "triunfando";
entonces pues
mucho más tiempo aún
deberemos esperar
antes que las máscaras
del bufido
finalicen su desfile de época.
J.D.

Instantes


tal vez
el mejor momento de cada día
celeste a primera hora
sea el de regar
mis plantines
después 
cada día
un gato negro se cruza en  mi camino
me tomo mi tiempo
mis otras horas
de calma chicha
pero
una lluvia seleccionada de
impertinencias
y mal gusto
me aguarda
en un silencio mulero 
                        mineral y petrolero.
Di-Jota

martes, 21 de noviembre de 2017

La casa caída, mi tierra.


Deshabitada,
la hamaca se bambolea
en el jardín cubierto de ponderaciones acabadas.
Las risas de los veintitrés primos ya son un eco,
ya son preguntas,
ya nada es genético,
bien que ni patrio.
En la elongación de la osadía la casa pierde la forma tierna,
pendular,
de los tiempos felices.
Son subterráneos los caminos otrora prominentes,
con argamasa que ahora sostiene materia oscura.
En la granulosa mesa familiar de la cocina desprovista,
un café con leche espera el abandono.
Polvorosa sombrita sobre los muebles
con paredes que no son de una sola forma
ya cubiertas con la fetidez del musgo imperial
desbruñido de maneras.
Cómo decir del alborozo recuerdo de gritos virginales
y la inactual ternura absorviendo el centro del sistema,
cruzando la niebla del recuerdo, 
ante los tres pinos secos,
germinados de tierra negra y materia turbia.
Me acurruco.
Siendo la minúscula célula asombrada y muda,
recorro la casa de la gran familia diseminada
que trató de crecer humanos en una totalidad que no habla,
que sólo gesticula el desmonte.

Creo sentir el soplidito de una brisa suave
que bambolea la hamaca
como esperanza mudable,
soberana.
Juan Disante - Buenos Aires - 21/11/17

domingo, 7 de mayo de 2017

Un cuento de Abelardo Castillo

LA  MADRE  DE  ERNESTO                -                   Abelardo Castillo   -   Argentina.

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza —porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia— nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
–¡No! 
–Sí. Una mujer.
–¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:
–¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
–¿Qué tiene que ver Ernesto?
Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
–¿Saben quién es la mujer que trajo el turco? 
Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
–Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
–Si no fuera la madre...
No dijo más que eso.

Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
–Pero es la madre.
–La madre. ¿A qué llamás madre vos?: una chancha también pare chanchitos.
–Y se los come.
–Claro que se los come. ¿Y entonces?
–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
–Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal.
–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
–No digas porquerías, querés —me dijo Aníbal.

Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
–No se lo deben de haber prestado.
–A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.
–¿Cómo será ahora?
–Quién... ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
–Esto es una asquerosidad, che.
–Tenés miedo –dije yo.
–Miedo no; otra cosa.
Me encogí de hombros:
–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos. Preguntó:
–¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
–Es Julio –dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
–Se la robé a mi viejo.
Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
–Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
–¿Cuánto falta?
–Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.
–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
–¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
–¿Y si nos hace echar?
–¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!

A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
–Llevalos arriba.
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
–A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
–Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó:
–¡Mirá si en una de ésas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó:
–¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados— delante de ella. Me encogí de hombros.
–Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vagamente infame.
—¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió "bueno", y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
Cerrándose el deshabillé lo dijo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

La casa grande III (en construcción)

Resultado de imagen para cielo

Tenme bajo tu techo fiel
es bueno hablar
Universo
individuo y total no separados
lo bueno/malo no existe (coexisten)
no hay apetitos
sólo deseos
soles enteros tapando las sombritas
de los rostros
bajo la leche cósmica del nacer
francas puertas de ingreso
de tierra negra en tu amplio estar
infinitas ventanas a lo por venir
formación estelar
fuimos hechos
de tu donada materia oscura
de masas solares
de energía galáctica
cúmulo-relumbrón de nuestro ser
completando la ceñida medida de crecer humanos
semilla nuclear sostendremos
sin albas ni ocasos
soy retirada célula asombrada y muda
un corto astrónomo en busca de tus habitaciones
para sentir tu aliento de esplendor
alojarme en la hamaca paraguaya
tejida con cuerdas del Bosón de Higgs
donde me siento ileído
el dormitorio donde una mujer y un hombre
hacen la siesta
se aman
sueñan
eluden el llanto
la cocina donde antojamos el desayuno
la sopa
el día
abrigándonos en el fogón de los dichos
tomándo lo necesario
donde nadie juega a los dados
criamos a nuestros hijos
en jardines de pura luz
el campo adentro de Einstein
la materia y todo su contrario
donde todo se apelmaza
fluyendo de proposiciones en veloz calma
nada es estable e inmutable
con leyes tan cercanas a certezas ausentes
rehuyendo el dolor
no habrá armónicos fárragos de babeles
sin bretes
sin conversión
esperanzando a Stephen Hawking
muestranos tu lengua súper simétrica y quebrada
donde amadrigaron sus nidos
lejanos abuelos en cobijas soleadas
de sistemas eclípticos
y una universalidad espejante
que copió nuestros cuerpos mortales
nuestras descendencias
nuestros hogares tibios de cenas humeantes
orbitando
hay observancia en las ventanas
hay recurrencia en lo que parece desorden
explicaba Poincaré:
memoria
resonancia
franquear  la casa
sustraerse a las diferencias
tal vez deberíamos
ayudar a la creación a evitarle el trabajo
del buen orden cósmico:
entendernos en el cuidado
de nuestra residencia abierta
de nuestros acervos
para después del banquete
que el anonimato sea nuestra postrera ansia
y afluencia de verbo
adomiciliarnos 
                         adomiciliarnos
                                                  adomiciliarnos.





Juan Disante - 21/12/16 - Solsticio de invierno                


viernes, 11 de noviembre de 2016

Pelusitas

Resultado de imagen para buenos aires ciegos subsuelo
El amarillado prevalecer de la fachada sorda
se interpone apurado
repentino
a traspié
a los pasos austeros de los no ávidos
en las caminatas con olor a arena
sobre los adoquines pisoteados del tiempo
y no hay respuesta del (h)ermitaño Hermes
sólo sonsacar al último tren descarrilado
a los huecos sabedores de huecos
que temen de las pelusitas que crecen
hoy no mañana sí
que no se afligen por los distintos verbos
peticionantes del quiero más
por la subterránea Buenos Aires
donde los ciegos siguen rompiendo sendas
tientando paredes. 
JuanD

lunes, 7 de noviembre de 2016

El Tiempo


descarga (5)
Engraciamiento y escarnio pasionales
están muy cerca recorriendo uno a uno los asuntos
constatan
repelen
intercambian frecuencias
malogran el dicho antañón aún vigente
reparten la vara de cada instante
sostienen matraqueos al aire factible.
                          —-
Y un día se van de sí
interponen calzas entre inocencia y desapego
desguace y absolución
desarmonía y maridaje
rencor y bobera.
                        —-
Al cabo
se abalanza con sus omegas
el Tiempo desojerizado
sin tirria ni adoración terrenal
y consigue lo que no alcanzó la razón del periquete:
despunte final de su achicharrante piel
tan cerca de lo esencial.
Juan Disante  -