Diálogo con mi Otro

-- El Lenguaje es el camino y la Poesía el atajo.
-- ¿ Te parece que es así ?
-- Seguro. Pero, ¡atención! en el atajo nos encontramos con lo inesperado del sendero. Todo pedrusco tosco.
-- ¡Furtivo risco! Te agrego que el poema-travesía requiere de un esfuerzo descomunal para poder levantar el velo del horizonte.
-- Velo... velo... rugoso acre. Nos obliga a revisitar todo de nuevo. Engendrar cordeles.
-- ¡ Reeducarnos ?
-- Si. Se espera siempre que la poesía desenvuelva aquello diferente que no está a la vista de lo que seduce la acción de los hombres.
-- ¿ De qué materia está hecha la seducción de los hombres ?
-- Se hace muy difícil percibirla. Seguramente, en una anómala época de improbidades, lo único que pueda salvarnos es abrir caminos con la poesía.
-- ¿ Volveremos a la senda de Homero ?
-- ¿¡... !?
.
.
.

POESÍA ESPECTRAL

Nos orienta, para la composición poética, a usar el más amplio espectro del discantar y la atrevida recién llegada voz del reflejo.
Más el formato, que la sumisa matriz.
Más el cómo de la armonía, que el qué de la melodía.
Más arquitectura vegetal, que materia rústica.
Ni gongorizar ni estar en la vena lugoneante del realismo residual
Hacia una quebradura doble de la palabra y la sintaxis en cautiverio.
La del sueño.
La de la dermis simbolizable.
La de los significantes indulgentes.
Algún día caerá la viruta impresionista de la forma,
y todo será refinado fundamento,
asunto,
luz.

martes, 21 de noviembre de 2017

La casa caída

Vacía,
la hamaca se bambolea
en el jardín cubierto de ponderaciones acabadas.
Las risas de los veintitrés primos ya son un eco,
ya son preguntas,
ya nada es genético.
En la elongación de la osadía la casa pierde la forma tierna,
pendular,
de los tiempos felices.
Son subterráneos los caminos otrora prominentes,
con argamasa que ahora sostiene materia oscura.
En la granulosa mesa familiar de la cocina desprovista,
un café con leche espera el abandono.
Polvorosa sombrita sobre los muebles
con paredes que no son de una sola forma
ya cubiertas con la fetidez del musgo imperial.
Cómo decir del alborozo recuerdo de gritos virginales
y la inactual ternura absorviendo el centro del sistema,
cruzando la niebla del recuerdo, 
ante los tres pinos secos,
germinados de tierra negra y materia turbia.
Me acurruco.
Siendo la minúscula célula asombrada y muda,
recorro la casa de la gran familia diseminada
que trató de crecer humanos en una totalidad que no habla,
que sólo gesticula el desmonte.

Creo sentir el soplidito de una brisa suave
que bambolea la hamaca
como esperanza mudable,

soberana.
Juan Disante - Buenos Aires - 21/11/17

domingo, 7 de mayo de 2017

El Cuento de Abelardo Castillo

A los seguidores:

Como no fue posible trasladar a este blog el cuento "La madre de Ernesto" de Abelardo Castillo, les recomiendo que clikeen aquí debajo para poder leerlo.  Mis disculpas y saludos. Juan Disante.

https://www.educ.ar/recursos/124590/la-madre-de-ernesto-de-abelardo-castillo

Un cuento de Abelardo Castillo

LA  MADRE  DE  ERNESTO                -                   Abelardo Castillo   -   Argentina.

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza —porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia— nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
–¡No! 
–Sí. Una mujer.
–¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:
–¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
–¿Qué tiene que ver Ernesto?
Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
–¿Saben quién es la mujer que trajo el turco? 
Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
–Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
–Si no fuera la madre...
No dijo más que eso.

Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
–Pero es la madre.
–La madre. ¿A qué llamás madre vos?: una chancha también pare chanchitos.
–Y se los come.
–Claro que se los come. ¿Y entonces?
–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
–Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal.
–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
–No digas porquerías, querés —me dijo Aníbal.

Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
–No se lo deben de haber prestado.
–A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.
–¿Cómo será ahora?
–Quién... ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
–Esto es una asquerosidad, che.
–Tenés miedo –dije yo.
–Miedo no; otra cosa.
Me encogí de hombros:
–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos. Preguntó:
–¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
–Es Julio –dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
–Se la robé a mi viejo.
Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
–Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
–¿Cuánto falta?
–Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.
–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
–¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
–¿Y si nos hace echar?
–¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!

A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
–Llevalos arriba.
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
–A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
–Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó:
–¡Mirá si en una de ésas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó:
–¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados— delante de ella. Me encogí de hombros.
–Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vagamente infame.
—¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió "bueno", y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
Cerrándose el deshabillé lo dijo.

domingo, 19 de marzo de 2017

¿Literatura autista-verbosa?


Jacques Lacan sorprende cuando indica que no es el mutismo lo que le parece lo más sorprendente entre los autistas, sino la verborrea. Ni siquiera se trata de una observación clínica, cuya pertinencia no se dudaría, sino de la orientación esencial para abordar la especificidad de un tipo clínico original. ¿Qué es la verborrea? Sino un uso de la lengua de donde la enunciación se ausentó. Ahora bien, la enunciación inscribe el goce vocal en el campo del lenguaje. La voz como objeto pulsional no es la sonoridad de la palabra [voz], sino la manifestación en el decir del ser del sujeto.Es una constante mayor del funcionamiento autístico el protegerse de toda emergencia angustiosa del objeto voz. De la suya propia, por la verborrea o el mutismo, de la del Otro, por el evitamiento de la interlocución. El autista es un sujeto que se caracteriza por no haber incorporado el objeto vocal que soporta la identificación primordial, resulta de eso una carencia de Sí, en su función representativa del sujeto. Cuando el goce del viviente no se cifra en el significante, la manifestación clínica más manifiesta, subrayada por todos los autistas de alto nivel, reside en una escisión dolorosa entre los afectos y el intelecto. Las otras características del cuadro clínico son algunas de las consecuencias. 
La representación más difundida autista es  efectivamente la de un ser mudo, de modo que Lacan sorprende, con ocasión de una de sus raras indicaciones concernientes a estos sujetos, calificándolos de "verbosos": "Qué le cueste entender [escuchar], dar su alcance a lo que dicen, no impide que sean personajes más bien verbosos”

psicologia
        
   Ver nota completa:   http://hilosde-ariadna.blogspot.com.ar/2011/11/mas-bien-verbosos-los-autistas.html

lunes, 26 de diciembre de 2016

La casa grande III (en construcción)

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Tenme bajo tu techo fiel
es bueno hablar
Universo
individuo y total no separados
lo bueno/malo no existe (coexisten)
no hay apetitos
sólo deseos
soles enteros tapando las sombritas
de los rostros
bajo la leche cósmica del nacer
francas puertas de ingreso
de tierra negra en tu amplio estar
infinitas ventanas a lo por venir
formación estelar
fuimos hechos
de tu donada materia oscura
de masas solares
de energía galáctica
cúmulo-relumbrón de nuestro ser
completando la ceñida medida de crecer humanos
semilla nuclear sostendremos
sin albas ni ocasos
soy retirada célula asombrada y muda
un corto astrónomo en busca de tus habitaciones
para sentir tu aliento de esplendor
alojarme en la hamaca paraguaya
tejida con cuerdas del Bosón de Higgs
donde me siento ileído
el dormitorio donde una mujer y un hombre
hacen la siesta
se aman
sueñan
eluden el llanto
la cocina donde antojamos el desayuno
la sopa
el día
abrigándonos en el fogón de los dichos
tomándo lo necesario
donde nadie juega a los dados
criamos a nuestros hijos
en jardines de pura luz
el campo adentro de Einstein
la materia y todo su contrario
donde todo se apelmaza
fluyendo de proposiciones en veloz calma
nada es estable e inmutable
con leyes tan cercanas a certezas ausentes
rehuyendo el dolor
no habrá armónicos fárragos de babeles
sin bretes
sin conversión
esperanzando a Stephen Hawking
muestranos tu lengua súper simétrica y quebrada
donde amadrigaron sus nidos
lejanos abuelos en cobijas soleadas
de sistemas eclípticos
y una universalidad espejante
que copió nuestros cuerpos mortales
nuestras descendencias
nuestros hogares tibios de cenas humeantes
orbitando
hay observancia en las ventanas
hay recurrencia en lo que parece desorden
explicaba Poincaré:
memoria
resonancia
franquear  la casa
sustraerse a las diferencias
tal vez deberíamos
ayudar a la creación a evitarle el trabajo
del buen orden cósmico:
entendernos en el cuidado
de nuestra residencia abierta
de nuestros acervos
y después del banquete
muchas palabras
adomiciliarnos 
                         adomiciliarnos
                                                  adomiciliarnos





Juan Disante - 21/12/16 - Solsticio de invierno                


viernes, 11 de noviembre de 2016

Pelusitas

Resultado de imagen para buenos aires ciegos subsuelo
El amarillado prevalecer de la fachada sorda
se interpone apurado
repentino
a traspié
a los pasos austeros de los no ávidos
en las caminatas con olor a arena
sobre los adoquines pisoteados del tiempo
y no hay respuesta del (h)ermitaño Hermes
sólo sonsacar al último tren descarrilado
a los huecos sabedores de huecos
que temen de las pelusitas que crecen
hoy no mañana sí
que no se afligen por los distintos verbos
peticionantes del quiero más
por la subterránea Buenos Aires
donde los ciegos siguen rompiendo sendas
tientando paredes. 
JuanD

lunes, 7 de noviembre de 2016

El Tiempo


descarga (5)
Engraciamiento y escarnio pasionales
están muy cerca recorriendo uno a uno los asuntos
constatan
repelen
intercambian frecuencias
malogran el dicho antañón aún vigente
reparten la vara de cada instante
sostienen matraqueos al aire factible.
                          —-
Y un día se van de sí
interponen calzas entre inocencia y desapego
desguace y absolución
desarmonía y maridaje
rencor y bobera.
                        —-
Al cabo
se abalanza con sus omegas
el Tiempo desojerizado
sin tirria ni adoración terrenal
y consigue lo que no alcanzó la razón del periquete:
despunte final de su achicharrante piel
tan cerca de lo esencial.
Juan Disante  -  

sábado, 5 de noviembre de 2016

... voy a decir



... voy a decir
si un día decido correrme del despojo
de los insectos e insecticidas
correrme de las plumadas
también de estas hojitas
              que le importará al trueno que lo lean
las raíces buscan el cielo
lo inteligible
              el acento

si un día decido
me correré del verbo más fecundo
del grunimiento apellidado texto
              luengo hacer me espera sólido
me correré y me corro
hasta tanto alboree
las manus palabras ya no alcanzan
              que cae de su peso 

domingo, 30 de octubre de 2016

Cómo decir



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Cómo decir voluntariado         
como quién dice ayudar
sin recibir
sin oropeles
cerca del ganado rodear la peste
incendios y tragedias bélicas
angustias marcadoras de vidas
horrores en la destrucción de aldeas.
Cómo decir el vuelo del mal
la furia de los extremos
la tortura adrenalínica de los jueces                                                        
la genocidación de los que toman el tren de las 6
todos los días soleados.
Nos circundan los que aducen el cebarse
a quienes hacemos la crónica de los muertos
a quien no quiere admirarse más a sí mismo
a quienes creen en lo solidario
de dejar la pluma
y salvar la vida.
                          ¿Cómo decir… voluntariado?

Juan Disante – Verano del 15
La pintura de John Waterhouse (1891), representa al poder del hechizo para apartar al Hombre de su ruta

jueves, 27 de octubre de 2016

Tardío soplidito


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El rebelde romántico que me asoma
me ha dado en el reencuentro
me ha empujado a ese soplidito del cruce  
puniblemente supuesto
enflautado.
Y allí fuimos con gestos entre los dedos
con previas prosas escritas
revisitadas
memorizadas.
Pero la luz no bastó
dimos de cara al extrañamiento
de una liberación de cadenas
confinadas a un retiro seco
que sigue esperando.
Y ha dejado todo así
sin razón
he muerto de remotas luces
ha muerto de remotas luces
Sin razón
Y hemos muerto de pensamiento y materia
sin razón.
Mi almohada la recuerda
en un demasiado tarde
tal como un muro de cenizas
que nos obliga a aceptar este no entiendo
este inexplicable volar por la vaga brisa
de las cartas mal escritas
de ortografía sesgada
fallidas de ventolera azul
norteña.  
Juan Disante